El Respeto por la Gente
---Lic. Renny Yagosesky

Desde hace mucho tiempo la psicología estudia las reacciones humanas y los comportamientos típicos del hombre en situaciones de tensión y frustración. Se sabe, que cuando estamos afectados por el miedo, nuestras respuestas frecuentes son: negar los hechos para no enfrentarlos, evadir los hechos y sus consecuencias, o buscar un culpable sobre el cual proyectar lo que sentimos, y agredirlo verbal o físicamente para descargar nuestro descontrol e impotencia. Si esto lo colocamos dentro de un espacio social machista que privilegia, anima y tolera muchas actuaciones negativas del varón, la violencia surge con consecuencias desastrosas.

En términos de conducta visible, Violencia es toda acción de fuerza mediante la cual pretendemos someter la voluntad de los demás a la nuestra, con la consecuencia de daños físicos, psicológicos, morales o de otros tipos.

En cierta medida todos tenemos el potencial de la violencia y de hecho solemos usarla sólo que de formas no obvias y en otras socialmente aceptadas. Sin embargo, esta medida de uso y abuso de poder, es frecuente de hombres sobre mujeres, de ellas sobre sus hijos, de jefes sobre empleados, de ricos sobre pobres y, en otros muchos contextos, en los que se asume y usa una ventaja para obtener algo.

Se habla de violencia intrafamiliar, mediática, política, delictiva, educativa, social y de muchos otros tipos. Aunque una de las más estudiadas en los últimos años es la violencia doméstica, en la que la mujer resulta una víctima demasiado frecuente. Y es justamente por esa tendencia, que nos preguntamos: ¿por qué el hombre golpea a la mujer? ¿por qué ella lo permite? ¿qué puede hacerse en estos casos para detener el proceso de destrucción?

Para ayudar a comprender tan compleja situación en tan pocas líneas, diremos, usando palabras de Jorge Corsi, que el hombre se desarrolla y socializa con base en dos procesos psicológicos: exteriorización de su yo (hacer, lograr, actuar) y la represión de sus emociones (no llorar, no mostrar ternura o miedo, etc.) Esto lo obliga a mantener una imagen contraria a lo que sucede dentro de sí y a vivir dividido, neurotizado, en pugna interior y negando su verdad profunda.

Si agregamos a esto la tendencia social de valorar la fuerza, la competencia ya dominación como pautas masculinas aceptadas y premiadas, se entiende que cualquier hombre "diferente", será considerado extraño a lo un hombre "debería ser". Con un "débil", "femenino", "mujercita" o "mariquito" se le descalificará. En el fondo de las mentes masculinas, está anclado un temor que encuentra justificable el uso de la violencia. Permitirla en los juegos infantiles de varones y reprimirla en hembras, hace que se legitime y acepte como algo normal, por lo que cambiar ese patrón en la vida adulta no resulta precisamente fácil.

La violencia del hombre sobre la mujer fue vista inicialmente como un asunto de enfermedad mental, como resultado de una diferencia biológica natural, con lo que se le excusaba por lo que hacía y se le ayudaba a evadir su responsabilidad en el daño causado.

Hoy se asume que la violencia del varón es un mecanismo de defensa y una sobrecompensación de la inseguridad psicológica, que le hace creer que la mujer puede quitarle el poder en cualquier momento, dominarlo o controlarlo. Entonces reacciona de forma desmedida y elige la violencia como fórmula rápida, en franca demostración de analfabetismo emocional, en lugar de aprender nuevas formas positivas de resolución de conflictos.

Todo esto no es sino un reflejo de baja autoestima, que se oculta tras excusas y justificaciones : "Ella me hace molestar", "me hizo sentir mal", "no me comprende", "si ella cambiara", etc. Una actitud de víctima para no asumir la gravedad de lo que se hace, para no buscar ayuda y así continuar usando a otro como válvula para escapar de las frustraciones personales.

Sin embargo, más allá del pasado individual o familiar, late en nosotros la capacidad y el poder para generar cambios positivos en nuestras vidas, siempre que tengamos la disposición verdadera para ello, la paciencia necesaria y la humildad para aceptar aquello que en nosotros estimula la aparición o sostenimiento de pensamientos, palabras, actos y hábitos violentos.

Las preguntas obligadas son ¿qué debe cambiar en mí interior para que la violencia salga de mi vida? ¿qué me corresponde hacer o dejar de hacer, responsablemente? ¿con quienes es adecuado que me relacione y con quiénes no lo es? ¿cuál es el límite que debo poner y hasta cuándo y dónde estoy dispuesto a sacrificar mi dignidad, mi deseo y mi derecho de ser feliz, y vivir en un clima de paz? ¿qué excusa necesito eliminar para que se produzca un verdadero cambio en mi situación? ¿Qué parte de mí debe morir y parte debe nacer?

La dignidad, la responsabilidad personal, la valoración de la paz y la armonía, son algunos de los factores detonantes del cambio, que afortunadamente, siempre puede lograrse. Quizás sea hora de cerrar la puerta a costumbres sociales y familiares degradantes que ya no funcionan.

La violencia crea formas de relación nefastas y destructivas que podemos alejarla de nuestras vidas si hacemos lo necesario para ello. Esto significa asumir el reto de reeducar nuestros valores, creencias y emociones. El primer paso, no es otro que desear verdaderamente la felicidad. Gracias por leerme.


Lic. Renny Yagosesky
Comunicador Social
Asesor Orientador
Escritor
Conferencista


Todos los Derechos Reservados © Renny Yagosesky (Febrero 13 2006)