La Ley de Causa y Efecto
---Lic. Renny Yagosesky

A pesar de que en miles de textos psicológicos, religiosos y espirituales se nos ha dicho que el ser humano es, en buena medida, creador de su destino, y que sus frutos derivan de la semilla que ha sembrado, sigue siendo difícil convencer a muchos de que todo cuanto nos ocurre tiene una razón vinculada con nuestros pensamientos y actos. Aceptar que estamos en apuros económicos, enfermos, solos o deprimidos por responsabilidad propia, puede resultar para muchos una verdad angustiante y dura.

Casos tan dramáticos como los de países cuya población vive en estado de miseria crítica; niños que nacen deformes, mutilados o con retraso mental, y violaciones e injusticias de todo tipo, sólo pueden ser explicadas por un error de la naturaleza, un castigo de Dios o el balance perfecto de la Ley del Karma, la Ley de Causa y Efecto, que en cierto nivel nos resulta bastante difícil de comprender.

Esta ley, generalmente asociada con la Teoría de la Reencarnación, nos dice que no hay azar en el Universo y que lo que obtiene gana, recibe o vive un ser humano, tiene una causa anterior que lo genera, aunque esa causa se encuentre en alguna de nuestras "vidas pasadas". Algo así como que venimos aprobando materias que nos rasparon en otras vidas, o pagando deudas acumuladas en épocas remotas inaccesibles a nuestra mente consciente, en las que no supimos obrar conforme con la Ley de Dios.

En un contexto más objetivo y terrenal también funciona la Ley de Causa y Efecto, lo cual significa que tenemos el poder de hacernos bien o mal, dependiendo del camino que elijamos. En cierta forma la vida opera como un eco, como un mecanismo de rebote que nos devuelve lo que hemos colocado o emitido.

James Allen escribió en su libro: "El camino de la prosperidad", que hay una forma concreta de descubrir que las circunstancias no son las responsables de la manera cómo funciona nuestra vida, y es haciéndonos conscientes de que "si las circunstancias tuviesen el poder de beneficiarnos o perjudicarnos, todos nos beneficiaríamos o nos perjudicaríamos por igual. Como eso no es lo que sucede, significa que hay algo que cada quien hace o deja de hacer, que influye en sus resultados particulares.

Quizás sea más responsable aceptar que aquello que el hombre siembra, será lo mismo que recogerá. Puede decirse, que la fuente de toda fuerza y de toda debilidad, de todo sufrimiento y de toda felicidad, reside en nuestro interior".

A pesar de que para algunos esta visión resulta una pesada carga, es en realidad una especie de bendición, ya que queda en manos de cada quien, la posibilidad de dirigir su vida y obtener, al menos, parte importante de los resultados deseados, siempre que haga lo necesario y de la manera más adecuada.

"Quien no trabaja, no come", "con la vara que midas serás medido" y "el que a hierro mata a hierro muere", son evidencia coloquial de que nadie tiene más de lo que merece. Si un padre se dedica a trabajar sin parar y desatiende a sus hijos, no puede pretender que no se descarrilen. Quien usa y manipula a los demás para lograr beneficios personales, termina solo y sufriendo el autocastigo que produce la culpa. Mentir genera resentimientos y sed de venganza en quienes han sufrido la mentira. El despilfarro conduce a la escasez. El desamor trae enfermedad y la falta de perseverancia limita los logros. Quien odia se envenena. Quien pospone deja de hacer. El que ahorra siempre tiene. En realidad, únicamente se precipita a tierra el agua que las nubes han cargado. Nada es gratis, todo tiene su precio.

Ahora bien, puesto que nos interesa más la solución que el problema, para lograr avanzar en dirección positiva, hay que empezar por aceptar la porción de responsabilidad (no de culpa) que tenemos en lo que nos acontece y estar dispuestos a reconocer las diversas maneras cómo nos autosaboteamos. Para crearnos un karma (efecto de nuestra acción) beneficioso, debemos aprender a detectar y detener las conductas automáticas y tomar cada decisión de la forma más consciente posible. Antes de cada decisión, debemos preguntarnos sobre sus posibles consecuencias, en nosotros y en quienes nos rodean. Debemos escuchar nuestro cuerpo, sus emociones y sensaciones, para escuchar su mensaje intuitivo en cuanto a lo que es o no correcto realizar. Otra ayuda es analizar todo cuanto nos parezca negativo, y preguntarnos qué tiene de favorable y qué aprendizaje nos deja.

Estos indicadores son linternas que nos permiten ver más claramente el camino y nos ayudan a salir de algunos "círculos viciosos", al tiempo que nos confieren un grado más alto de control sobre nuestras existencias.

Sólo resta hacernos una pregunta: ¿Si no podemos recoger sino lo que hemos lanzado; si existe una "justicia divina", una "ley de causa y efecto", un "karma" o como se llame, qué sentido tiene que sigamos haciendo aquello que sabemos que no nos conducirá hasta donde están la paz, la libertad, la alegría y la prosperidad. Algún día entenderemos que a menos que se cierre el grifo, el agua seguirá saliendo. En la semilla, está el fruto. Gracias por leerme.


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