La Felicidad Nueva Manera de Medir el Exito

El Mercurio / María Cristina Jurado

La felicidad se mide del mismo modo que la inflación; expertos recomiendan considerarla para elaborar políticas públicas e indican qué factores la generan.

Ser feliz dejó de ser materia de poetas. Hoy, sociólogos y economistas ven en el bienestar individual una tarea colectiva. La felicidad es hoy una ciencia medible y hasta tiene mapa con su distribución mundial.

Vivir en una buena sociedad y en un hábitat amigable, convivir en democracia, no dejar pasar las oportunidades, estar en pareja, tener trabajo, confiar en los demás, ser creativo, gozar de buena salud, sentir el reconocimiento de los otros y hasta comer chocolates son algunos de los factores que nos harían más felices, según varios de los últimos estudios que se han hecho en el mundo sobre el tema. En 2008, la felicidad es medida por especialistas con el mismo ahínco que si fuera una ciencia empírica.

Sociólogos y psicólogos la han puesto en sus agendas de investigación y hay quienes la quieren convertir en cifras sin discusión, como el economista y parlamentario inglés Richard Layard, miembro de la Casa de los Lores, que propuso en su libro Happiness: Lessons from a New Science (2005) que el parámetro de la felicidad de un país reemplace al del crecimiento para medir su progreso. Y fue más lejos: insiste en que debiera ser la meta de toda política económica moderna.

LABORATORIO. Desde esa perspectiva, no extraña que el World Database of Happiness de Rotterdam, Holanda, tal vez el instituto de investigación más especializado en el tema, observe más de tres mil estudios sobre felicidad publicados en el mundo en los últimos veinte años. El WDH se dedica exclusivamente a esta "sensación" (con esa palabra se la describe en los estudios) y a todos sus parámetros.

Para hacer sus informes, se basa en cientos de encuestas e investigaciones de todos los tamaños y calibres en cada país, desde las sociológicas hasta las económicas y turísticas. Así, la muerte de un familiar, cambiarse de ciudad o un aumento de sueldo cobran una dimensión directamente proporcional al contento y satisfacción en la vida.

En su libro La Geografía de la Felicidad -según The Economist "la última contribución al creciente campo de la psicología positiva"-, el periodista norteamericano Eric Weiner plantea un mapa turístico-sociológico de los países más felices y más tristes del globo basándose en los estudios del World Database of Happiness.

Con él diseñó su viaje exploratorio, que incluyó a las naciones más representativas de las dos puntas extremas de la escala. Estudio en mano, se enteró de que los nórdicos, sobre todo los daneses, islandeses y finlandeses, son los pueblos más felices de la Tierra en 2008. Y que los africanos habitantes de Tanzania y Zimbabwe se encuentran en el otro extremo.

Sin embargo, el profesor Eric Wilson -también norteamericano-, de la Universidad Wake Forest en Carolina del Norte, se declara en contra de la búsqueda de la felicidad como la panacea del siglo veintiuno. Así lo afirma en su libro, recién publicado, Against Happiness: In Praise of Melancholy.

Para Wilson, la obsesión del mundo -y sobre todo de sus compatriotas- por huir de la pena, desprestigia a la melancolía, "fuente de la creatividad, el genio y el brillo intelectual a través de los siglos". En ese sentido, Weiner dice en su libro que los felices de hoy serán los nuevos tristes de mañana porque buscar la alegría termina por crear frustración.

Así, mientras en el hemisferio Norte la polémica ha tomado cada vez más fuerza e interés, países del Sur como Chile se han hecho eco de las nuevas tendencias.

¿Y POR CASA? Los países latinoamericanos gozan de un bono especial cuando se mide la felicidad. Los expertos, entre ellos el WDH y Weiner, lo llaman "bono latino" y es el responsable de que, en las mediciones, muchas de estas naciones obtengan resultados positivos de contento, aunque sufran pobreza, duras condiciones de vida y también inestabilidad política.

Es el caso de Colombia y México, que en todos los gráficos figuran lejos de la línea de la riqueza, pero paradójicamente, cerca de la de la felicidad. El periodista Eric Weiner explica esa situación por "los fuertes lazos familiares que existen en las sociedades latinoamericanas. Está comprobado que la familia y las redes de solidaridad social son factores decisivos en la sensación de satisfacción y contento". Él no visitó Latinoamérica en su estudio porque casi todos sus países caen en la media.

"La satisfacción de vida promedio en América Latina es mucho más alta de lo esperable si nos atenemos a su riqueza y situación política. No sabemos bien por qué...", dice uno de los grandes expertos mundiales que le otorgan a la felicidad el peso de una ciencia. El profesor de la Universidad Erasmus y director del World Database of Happiness de Rotterdam, Ruut Veenhoven, ha dedicado su carrera como sociólogo y psicólogo social a estudiar las curvas y resultados de cientos de investigaciones sobre el gran tema que lo apasiona desde fines de los años sesenta. A los 66 años, lleva media vida observando y midiendo los parámetros de contento en los países.

Veenhoven no se complica al definir la felicidad y explica desde Rotterdam: "Es la apreciación subjetiva de nuestra vida: cuánto le gusta a uno la vida que lleva".

-¿Cuáles son los factores principales que influyen en la felicidad personal?

-Vivir en una buena sociedad y en un hábitat amigable; tener talento y valentía para tomar las oportunidades y contar con un poco de suerte.

El profesor Ruut Veenhoven dirige también el Journal of Happiness Studies, publicación especializada en el tema, ligada a los avances que se producen en el mundo.

FELICES DEL NORTE. Ya se sabe que quienes más gozan la existencia en el mundo son los escandinavos. "Son países ricos, democráticos, bien gobernados y que respetan los derechos de sus mujeres. Sus sociedades ofrecen un amplio abanico de posibilidades y dejan mucho espacio para que el ciudadano común se desarrolle y respire".

Porque la libertad es otra condición para ser feliz.

Cuando Weiner comenzó su peregrinación por los países más satisfechos llegó naturalmente a los nórdicos. En su lista figuraban Suecia, Dinamarca, Noruega, Islandia y Finlandia. Eran los punteros en felicidad junto con Suiza y Austria, según los datos del WDH de Rotterdam, que fue su alma mater en el tema.

Desde Washington señala: "Me di cuenta de que los nórdicos son pueblos muy homogéneos desde el punto de vista racial, además de vivir ordenadamente debido a la estabilidad de sus sociedades. Los suizos, por su parte, son muy felices porque tienen mucho control de sus vidas: en la democracia que gozan, en su actitud discreta hacia el dinero y porque comen mucho chocolate, que aumenta las endorfinas. Islandia, que también visité, es feliz por otros motivos. Es un país pequeño con un gran sentido de comunidad y muy creativo: publica más libros per capita que ningún otro en el mundo".

Para explicar, en cambio, porqué Zimbabwe se halla al final de la lista del WDH -ocupa el lugar 94 con un 3,3 en la escala del cero al diez- el profesor Ruut Veenhoven es claro: "Es un país pobre, antidemocráctico y mal administrado. Una nación fallida".

La pobreza, sin embargo, es un factor curioso en las mediciones de satisfacción de las naciones. Hasta cierto nivel de desarrollo, la riqueza hace definitivamente la felicidad.

Otra causa fundamental de tristeza profunda es el desempleo. "El trabajo no sólo otorga ingresos. También le da sentido a la existencia, por eso la cesantía es desastrosa: afecta la autoestima y las relaciones sociales del individuo", dice el profesor Ruut Veenhoven.

En Washington, Eric Weiner está sorprendido por el éxito de su libro, que escribió simplemente para responderse a sí mismo.

-Hoy ¿es más feliz que antes?

-Buena pregunta. Diría que hoy soy menos infeliz de lo que era antes de escribir mi libro. Uno de los problemas que causa el querer desesperadamente correr tras la felicidad es que las expectativas se disparan. Eso es peligroso. Si uno se descuida, el resultado puede ser contraproducente. Por eso, aprendí a mantener a raya mis expectativas. Antes de mi libro, yo era el típico norteamericano convencido de que la felicidad era un problema netamente personal y privado. Aprendí de mi error. Ser feliz es una responsabilidad colectiva, que atañe a todos, y que está definitivamente unida a las relaciones humanas.

¿Se puede ser feliz sin dinero?

Al elevarse el ingreso per capita en una nación pareciera que el dinero deja de influir en la sensación de contento. Enriquecerse pierde potencia. Esa fue también la tesis de Richard Layard. Y también, que toda política pública debe hacer feliz a la gente. Layard fue uno de los primeros en decir alto y fuerte en Europa que el bienestar de un pueblo es tarea colectiva.

Pero sin duda uno de sus postulados más importantes es el que afirma que la felicidad que reporta el ingreso va en relación a las expectativas de cada cual, según su mundo de referencia.

En simple, el primero en adquirir un auto de lujo se sentirá espléndido, pero cuando todos en su entorno lo pueden hacer, la satisfacción que le reportó la compra desaparecerá. Más aún, según Layard, un aumento en el ingreso de quienes te rodean hiere tu felicidad.

En su libro Happiness: Lessons from a New Science, el profesor Layard echa luz sobre paradojas del desarrollo en los países con mayor ingreso. "Las personas en Estados Unidos, Japón y Gran Bretaña, por nombrar algunas sociedades de altos ingresos per capita, no son más felices que hace cincuenta años, y eso que su estándar de vida ha subido a más del doble. No sólo no se declaran más felices, sino que sufren el aumento de devastadores índices de alcoholismo, depresión y criminalidad".

Layard habla en simple para decir verdades que son comprobables con estadísticas.

"El dinero no hace más feliz a las personas, pero sí el estar en pareja. Es un hecho que los casados y enamorados viven más tiempo y en mejores condiciones". Por el contrario -según todos los estudios-, el divorcio y la separación son una de las principales causas de infelicidad en todos los estratos socioeconómicos.