Persona Normal (cuento)
Renny Yagosesky

En los últimos años, al menos que yo sepa, nada ha conmovido e impacto más el pueblo de Loaiza, que el caso de  Marcos, un peculiar joven en quien, desde hace mucho, no he podido dejado de pensar, desde mi visita de un año por aquella tibia localidad que me tocó visitar por razón de trabajo.

Este hijo de Rubén e Isolda, no nació como la mayoría de los niños que he conocido. Dicen que a su madre se le adelantó el parto y que cuando el recién alumbrado dio su primer respiro, no lloró, sino que dejo escuchar un extraño gemido parecido a un dulce quejido o al canto de un diminuto ángel. No faltó quien viera erizar su piel ni quien pensara que alguien especial había nacido. Una señora amiga de la familia, dijo que el niño era un punto amarillo en medio de una mancha gris.

En sus primeros años, fue reconocido como un niño alegre. Al crecer, ya de adolescente se convirtió en eso que llamamos comúnmente  “el alma de la fiesta”. Tenía frecuentes estallidos afectivos y le daba por halagar y abrazar a todos, con la euforia de quien despide a un familiar que viaja lejos, o de quien acaba de ganar un premio único de la lotería.

El niño, solía mirar a las personas directamente a los ojos. Su estilo abierto y franco atravesaba  como un cuchillo afilado la careta social, diplomática de quienes le rodeaban. Tenía una iniciativa intimidante, pues decía que la vida era sabrosa y caliente, aunque nunca explico detalladamente el significado de esa expresión. Era intenso e impredecible y simpático. Pocos lograban predecirlo, medirlo o limitarlo.  Y quizás por eso sucedió lo que sucedió, sin oposición ni resistencia de algún pariente o conocido.

Marcos se complacía con hacer preguntas directas que no pocas veces resultaban incómodas. Una maestra del pueblo, por ejemplo, llegó a comentar que siendo apenas un niño, Marcos le dijo que un adulto desorientado no debería orientar. Ella lo castigó por “rebelde”, lo envió  a oficina del director y logró que lo suspendieran durante algunos días. El chico también increpó al sacerdote, a quien le preguntó si él confesaba de sus propios pecados, y si era posible que Dios fuera mujer.

A los veintidós años, Marcos se había convertido en un atractivo moreno de  1.73 metros de estatura, cuerpo inquieto  y ojos frescos como el sol del día. En ese tiempo, cuando hablaba sobre cualquier tema, se apasionaba a ratos, amaba enseñar lo que sabía, mientras sus manos se agitaban como las alas de un águila. El afirmaba poder detectar lo que los demás ocultaban.

Al señor de la ferretería le decía que debía perdonarse para vivir mejor; al subgerente de una agencia bancaria cercana a su casa, le dijo  que se atreviera a declarar el amor que sentía por su secretaria. Llamaba a todo vecino que cumpliera año, y se ofrecía de voluntario para cuidar ancianos. Amaba jugar con agua, cantar y pasar rato con niños y animales.

Miren si era diferente, que cierta vez  July, una muy atractiva muchacha que frecuentaba fraternalmente, intentó besarlo. El, rápido como una flecha, extendió sus dos brazos hacia ella, marcó distancia, la alejó y le dijo que era mejor para él tener una buena relación de amistad que una mala relación de pareja. Imagínense la sorpresa de la chica, acostumbrada al acecho, al halago, al deseo de muchos deseosos y  anhelantes de que ella les deparara algún sueño, alguna sonrisa, algún beso, alguna caricia.

Marcos exasperaba a su propio padre, quien se sentía confrontado, pues el joven le reclamaba su frialdad, su desamor y las numerosas promesa incumplidas. A su madre la inquietaba con preguntas

-- Mamá- le decía- por qué algunas mujeres viven con alguien que saben que es mentiroso?

En honor a la verdad, estar a su lado era como vivir junto a una tormenta, un volcán, un libro, una espina o un juez.

Era común que mientras esperaba en la mesa, a que su madre sirviera la comida, golpeara el borde de los platos en un peculiar ritual percusivo que le alegraba el instante. Se abstraía en una conversación audible exclusivamente para sus oídos.  Cuando sus padres rezaban antes de ingerir el alimento, les decía que rezaran por devoción y no por costumbre. 

Algo que detonó un cambio drástico en la manera como sus padres lo percibían y trataban, fue su empeño en pasar horas sentado sin moverse, según él, para dominar el cuerpo y encontrar paz. Asi mismo, se empeñó en la práctica de quedarse mirando el espejo un largo rato, con una sonrisa dibujada en el rostro, para “acostumbrarse fácilmente a estar alegre”.

A veces, a Marcos se le veía sentado en alguna plaza observando a la gente. Decía que estaba en funciones de detective, que las personas se engañaban mutuamente, y que era necesario descubrirlas y enseñarles más sinceridad..

También, por temporadas, el joven dejaba de comer un día completo, porque según afirmaba, "se lo había pedido su propio cuerpo". También se entrenaba en actuar como si fuera un robot, para imitar lo que hacían las personas y poder conocerlos y comprenderlos mejor.  Al referirse a la mayoría de sus vecinos, aseguraba que eran muy extraños, pues reían poco, no saltaban, no se agachaban y habían dejado de mirar hacia arriba. Pensaba que daba igual hablarles o no, pues le parecía que sólo querían ser escuchados, pero casi nunca escuchaban sinceramente a los demás.

Marcos era popular pero no tenía muchos amigos. Quienes lo frecuentaban, comenzaron a pensar que no era “normal”. Así que fue puesto en manos de los especialistas médicos y psicológicos de la ciudad. Días después de revisarlo, podía leerse en el informe escrito: eventuales problemas de atención, trastornos de personalidad, dificultades de adaptación social, patrones de histrionismo y otras frases incomprensibles para sus padres, provincianos poco entrenados en la decodificación de tan extraña nomenclatura. Los profesionales sugirieron un tratamiento de estabilización emocional y restablecimiento de varios meses de duración.

- Confíe, pues estará en buenas manos- dijeron sin revelar dudas.

Al ser notificado de la decisión médica, por primera vez en más de 10 años, los vecinos oyeron llorar a Marcos, quien desde ahora, estaría en un proceso especial hasta quedar ... totalmente “curado”. El padre no lloró, y la madre volteaba la cara para no mirar cuando lo escoltaban maniatado y tenso hacia una vieja y ruidosa camioneta. Algunos habitantes del sector mostraron  un extraño alivio, como si se hubieran liberado finalmente de una plaga, de una carga molestosa, de algún virus dañino y contagioso.

Desde ese día han transcurrido ya unos seis meses. Ayer, escuché decir que los doctores le han prestado toda su atención, que le han suministrado varios medicamentos modernos y muy efectivos y que ahora lo han podido ayudar a conocerse mejor y entender lo que significa vivir en sociedad.  Al parecer le han enseñado mucho y ya está por “ascender a un nivel superior”.

Cuentan quienes lo han visitado, que se ha recuperado: ya no mira directamente a los ojos, no hace chistes incómodos;  habla poco, lentamente, no interrumpe y hasta pide permiso para responder. Ahora no golpea los platos con los tenedores  ni  se empeña en perseguir animalitos. Cuentan las enfermeras del lugar, que es un joven muy obediente y que ha superado la antigua tendencia que tenía de contradecir e interrogar a sus superiores. Es otro.

Antes de despedirme del viejo poblado, decidí pasar a visitar a Marcos. Nunca lo vi como un enfermo, pero nadie me preguntó y no me fue permitido opinar. Al llegar al hospital, pude notar que estaba sentado en un mueble roto mirándose la pena. Su cuerpo era una masa débil de un ser sin alma. Por lo que me dijeron allá, pasa horas frente al televisor y repite los jingles de los comerciales. Ya olvidó su color favorito, se ha vuelto asustadizo y reposado. Ya abandonó el empeño de mirar el sol y las estrellas a través de la ventana. En un pasillo del lugar, su madre, con inusual expresión de alegría, me informó que todo va muy bien, que Marcos se ha adaptado a las reglas, que en dos meses el trabajo estará concluido, y que para entonces ya estará totalmente recuperado. Insistió en decir que por fortuna, se ha logrado algo que debería alegrarnos: Marcos, a juicio de los doctores, volverá a ser muy pronto una “persona normal”. Oh mundo raro. Lo que para unos es vida, para otros es muerte. Gracias por leerme. www.laexcelencia.com

Lic. Renny Yagosesky
Comunicador Social
Asesor Orientador
Escritor
Conferencista

Todos los Derechos Reservados © Renny Yagosesky (Octubre 3 2007)